Háblame aunque sea bien

Pablo no lo sabía, pero en su reunión con Miguel le esperaba de nuevo una nueva sorpresa y una nueva demostración práctica de cómo afecta la actuación del responsable de personas en la ejecución de tareas de sus colaboradores.

A lo largo de su larga trayectoria profesional Miguel había oído a muchos responsables de personas quejarse sobre la ineficiencia e ineficacia de sus colaboradores más cercanos y era algo que le enervaba sobre manera ya que consideraba que el primer responsable de ello es quien dirige –o en palabras de Miguel “quien hace dejación de su dirección”- personas y no quienes son dirigidos; si no lo hacen lo correcto o lo que hacen no está bien alguien debe indicárselo y mostrarles el camino correcto, pero esto es algo que es muy escaso de ver.

“Hola Pablo, ¿Cómo estás hoy? ¿Cómo ha ido el mes?”

“Molesto, lo cierto es que estoy molesto. No consigo que algunos de los miembros de mi equipo hagan los que tienen que hacer. No lo entiendo, antes eran buenos, pero llevan una temporadita …”

Miguel llevaba esperando su oportunidad muchos meses, pero esta no llegaba. El estaba seguro de que Pablo tenía que aprender sobre ello, pero la oportunidad no llegaba y el tiempo se agotaba, pero había que ser paciente. Por fin llegó el momento y no lo dudó un solo segundo, era el momento de hacérselo ver y conseguir la evolución definitiva de Pablo en la dirección de su equipo.

“Ya, ¿y tú que estás haciendo para que mejoren?”

“¿Yo?. Por el tono parece que me estás echando la culpa de que no les de la gana de hacer lo que tienen que hacer y que ya lo saben. Hasta ahora lo hacían, pero por lo que fuera resulta que se les ha olvidado. Mira, tal y como hemos hablado me reúno con cada uno de ellos todas las semanas, tienen su espacio, hablamos de sus problemas, pero no hay forma, alguno va por libre …”

“No sigas, no sigas”, le cortó Miguel “que me vas a poner de mala leche. Mira, hoy nos toca salida de nuevo, así que lo mejor es que nos pongamos en marcha”

“¿Salida de nuevo? Y hoy ¿Qué? ¿al zoo?”, rió con ganas Pablo. “De momento nos ha tocado todo con animales pequeños, ya tengo ganas de cocinar una jirafa o un elefante”, continuó con la broma.

“No, hoy no tocan temas de animales. Hoy quiero ver tu habilidad en el deporte, pero todo a su tiempo. Vamos, que conduzco yo”

Salieron a las afueras de la ciudad, aparcaron en una zona desde la que era posible dar un paseo por el monte y Miguel invitó a Pablo a coger un sendero y caminar un rato. Así lo hicieron hasta que llegaron a un claro, pararon y Miguel le dijo a Pablo “veamos tu habilidad lanzando objetos” y le señaló un pozo a unos metros de allí, hacia donde se dirigieron. “Probemos a veinte metros” le dijo sacando unas monedas del bolsillo y contando pasos mientras se alejaba. Pablo se dispuso a tirar la primera moneda cuando Miguel le dijo, “así no, de espaldas, a ver cuantas monedas eres capaz de meter en el pozo sin verlo”.

Pablo se dio la vuelta y comenzó a tirar monedas sin que Miguel dijera una sola palabra. Fue tirando una a una hasta que acabó con todas las que Miguel le había dado. “¿Qué tal lo he hecho”, preguntó.

 “Lo cierto es que no has metido ni una, aunque alguno no ha estado muy lejos. ¿cómo te has sentido?”, preguntó Miguel.

 “Nada cómodo, estaba tirando monedas, no sabía si iban bien o mal y tú no me has dado una sola pista. Ya me podías haber orientado un poco, igual hubiera metido alguna”

“Tienes razón, he estado un tanto apático. Intentémoslo de nuevo y ahora estoy más activo”

Así lo hicieron. Pablo tiraba monedas y Miguel le decía. “Mal” o “muy mal” o “casi, casi” y así hasta que acertó con una en el pozo. Después del proceso de ayuda consiguió 2 aciertos.

 “Tampoco has sido de mucha ayuda esta vez. Te has limitado a decirme como había ido, pero no me has orientado si hacia la izquierda, derecha, corto o largo. Si me hubieras dado más pistas hubiera metido más en el pozo”

“¿Cómo te has sentido ahora?”, pregunto Miguel

“Bastante mejor, pero aún así abandonado. Sólo me decías si lo hacía bien o mal, pero no como mejorar. No me dabas pistas en ese sentido y eso es muy útil.

“Vale, lo hacemos como tú dices y yo te voy orientando”

En esta ocasión las indicaciones de Miguel consistían en decir “te has quedado muy corto” o “un poco más al izquierda”. Enseguida Pablo acertó con la primera moneda y poco después con la segunda, tercera, cuarta y así hasta un total de seis.

Pablo estaba eufórico. “¿ves como si que era capaz de acertar muchas monedas en el pozo?. Lo que sucedía es que tú no me ayudabas correctamente. En el momento en que lo has hecho ya has visto los resultados”

Miguel comenzó a reírse a carcajada limpia. “sabía que lo ibas a comprender. Es así de claro”

Pablo le miró extrañado y rápidamente se dio cuenta de que Miguel se refería a la conversación con la que habían comenzado la mañana. Había utilizado el juego de las monedas para que él se diera cuenta de que su queja a la mañana se debía a que no estaba dando la retroalimentación adecuada a su equipo y que si este no hacía lo que debía era porque no recibía las orientaciones precisas para realizarlo y eso era precisamente para lo que le pagaban a Pablo, para que su equipo rinda.

En la tercera ocasión, en la que Miguel además de decirle si lo hacía bien o mal le orientaba sobre como mejorar, Pablo se había sentido realmente bien y había ido acercándose más en cada momento y además todos sus tiros habían estado muy cercanos del objetivo. Se había sentido acompañado y notaba que lo que hacía le importaba a la otra persona, incluso había sentido que el éxito o el fracaso era de los dos, no solamente suyo.

Incluso si fallaba le molestaba porque hacía fracasar a quien le estaba orientando, se sentía más “presionado” a meter la moneda en el pozo para “no fallar” a su orientador; no solo era un tema personal, era una cuestión de que los dos ganaran.

Después de esto fueron a comer a un restaurante (nada de ranas, ni ratones) y Miguel le contó a Pablo como una universidad americana había realizado un estudio en escolares de secundaria en la clase matemáticas en donde hicieron 4 grupos. Sin que los alumnos lo supieran habían decido realizar lo siguiente y medir la evolución.

Al comienzo del experimento realizaron un test de nivel en matemáticas y unos test en los que medían una serie de aspectos psicológicos temporalmente variables de los alumnos. Los grupos fueron:

  • Grupo 1. No darían indicación alguna sobre como lo estaban realizando
  • Grupo 2. Solamente darían retroalimentación negativa, incluso con bronca y menosprecio en público con los errores que cometieran, pero se les diría la solución al problema.
  • Grupo 3. Darían retroalimentación positiva, pero no indicarían como mejorar
  • Grupo 4. Darían alimentación tanto negativa como positiva, pero además le ayudarían a mejorar.

Tras unas semanas de estudio en donde ponían deberes para casa y actuaban con cada alumno de acuerdo al grupo al que le habían asignado obtuvieron lo siguiente:

El grupo 1 obtuvo peores puntuaciones en la prueba que se realizó al final del experimento que en la inicial. Además había descendido de manera significativa su autoestima y satisfacción personal, al igual que su nivel de felicidad.

El grupo 4 mejoró obtuvo la mayor evolución en el test de matemáticas, es donde se produjo el mayor avance de la autoestima -sobre todo en los alumnos que comenzaron con un peor nivel de matemáticas- y donde la felicidad más se incrementó.

El grupo 3 obtuvo una buena evolución en la prueba de conocimiento, fue el segundo que más evolucionó en autoestima y su satisfacción global también se incrementó

El grupo 2, para gran sorpresa de los evaluadores obtuvo la segunda mayor mejora en la prueba de matemáticas (claramente por encima del grupo 3), su mejora de autoestima estuvo cercana al grupo 3, pero su nivel de felicidad decayó.

La conclusión del estudio fue clara: lo peor que se puede realizar es ignorar a la persona, hace que vaya hacia atrás. Lo más positivo es indicar la solución y la forma correcta de realizar las cosas, aunque sea de forma inadecuada y con malos modos y maneras.

Indudablemente la actuación correcta es dar retroalimentación tanto positiva como negativa (no es fácil, pero quien dirija personas tiene que luchar con todas sus fuerza para realizarlo) y siempre mostrando el camino hacia la correcta consecución de objetivos.

Trackbacks/Pingbacks

  1. Háblame aunque sea bien | Making #love a... - 6 mayo, 2014

    […] Pablo no lo sabía, pero en su reunión con Miguel le esperaba de nuevo una nueva sorpresa y una nueva demostración práctica de cómo afecta la actuación del responsable de …  […]

Deja un comentario